Un nuevo mes, un nuevo día, una hoja en blanco sin escribir. No me quedan lágrimas, ni suspiros, ni fuerzas. Miro una realidad alterada y segmentada desde una ventana teñida de rosa, que se agrieta y cada tanto deja ver sus verdaderos colores.
Doce apóstoles que cuentan su versión según sus vivencias, todos parecen tener la razón. Ellos saben, vos no sabés nada. Pero ninguno es Dios. Dicen querer ayudarte a entender pero cada vez que abren la boca, más te confundís. Más solo te sentís.
Un nuevo mes empieza, el mes de mi cumpleaños, mes de las fiestas y de nuevos comienzos. Mes que siempre había visto de colores, mes que ahora se ve negro. Pérdida tras pérdida, duelos que parecen no tener fin. Rechazos incesantes. Pero “todo va a estar bien”.
No hay compañía humana que aguante, ni que entienda el dolor. Solo abrazos y consejos no solicitados que desgarran un poco más mi corazón. Se codean con los apóstoles, te miran desde arriba, pero sus tragedias no se condicen con las mías.
Exagerada, víctima, infantil. Todo menos humana. Todo menos rota. Reclamos incesantes, y paciencia que queda poca.
Nostalgia de cuando diciembre olía a libertad y esperanza, no a incertidumbre y lágrimas. No a caída sin fondo, no a caminar sin rumbo. No a gente afortunada que reparten ilusiones baratas. Antes era Papá Noel, ahora, los apóstoles.
Un día nuevo. Otro diciembre, veintisiete y contando. ¿Y contando? Por ahora seguimos contando.