Veintisiete diciembres

 Un nuevo mes, un nuevo día, una hoja en blanco sin escribir. No me quedan lágrimas, ni suspiros, ni fuerzas. Miro una realidad alterada y segmentada desde una ventana teñida de rosa, que se agrieta y cada tanto deja ver sus verdaderos colores. 


Doce apóstoles que cuentan su versión según sus vivencias, todos parecen tener la razón. Ellos saben, vos no sabés nada. Pero ninguno es Dios. Dicen querer ayudarte a entender pero cada vez que abren la boca, más te confundís. Más solo te sentís. 


Un nuevo mes empieza, el mes de mi cumpleaños, mes de las fiestas y de nuevos comienzos. Mes que siempre había visto de colores, mes que ahora se ve negro. Pérdida tras pérdida, duelos que parecen no tener fin. Rechazos incesantes. Pero “todo va a estar bien”.


No hay compañía humana que aguante, ni que entienda el dolor. Solo abrazos y consejos no solicitados que desgarran un poco más mi corazón. Se codean con los apóstoles, te miran desde arriba, pero sus tragedias no se condicen con las mías.


Exagerada, víctima, infantil. Todo menos humana. Todo menos rota. Reclamos incesantes, y paciencia que queda poca. 


Nostalgia de cuando diciembre olía a libertad y esperanza, no a incertidumbre y lágrimas. No a caída sin fondo, no a caminar sin rumbo. No a gente afortunada que reparten ilusiones baratas. Antes era Papá Noel, ahora, los apóstoles. 


Un día nuevo. Otro diciembre, veintisiete y contando. ¿Y contando? Por ahora seguimos contando. 

A quien no correspondí

Esta horrible y distante tragedia se compensa con la posibilidad de contactarte una esporádica vez más. Es increíble haber conocido cada espacio y rincón de tu cuerpo y de tu alma para hoy ser simples recuerdos borrosos. Duele. Si fuera por mí, te contactaría a cada minuto de cada día, pero no se puede. Es injusto meter el dedo en la llaga, ¿verdad? Aunque nadie piensa en mi herida, ¿o sí? ¿A caso yo no dejé ir a alguien que amaba? ¿Es acaso el amor romántico el único que cabe en nuestro imaginario? Supongo que depende del contexto.

Cuando tomé la decisión de bajarme del tren sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Necesitaba respirar, cerrar ciclos, continuar y ver qué más podría haber al final de cada camino que transitara. Esos caminos se volvieron rocosos, confusos y perturbadores. La extrañeza de ver tu silueta cada vez más difusa me hace considerar si vale la pena vivir y progresar si no te tengo a mi lado para compartir la euforia. La culpa de no haber sido recíproca me está pasando factura porque, si bien no corresponderte no fue mi culpa, tampoco fue mi deseo. Algo tenía que hacérmelo saber. Pocas veces uno encuentra a un ser tan resiliente y puro capaz de arriesgarlo todo por alguien a quien ama. Al parecer mi persona es proclive a desencantarse rápido de lo que es saludable porque siente que no merece esa paz. De todas formas, quién hubiese dicho que quererte de otro modo dolería tanto.  No lo sé. No estoy segura de nada a esta altura.

Mi cuerpo duele, el alma pesa, el vacío interno que me abraza en las noches se hace cada vez más insoportable. A veces siento que mi único consuelo sería darte un abrazo, ver una película de culto y comer pizza para luego ir a mi casa y llenar con alivio esa carga que aún llevo. Lamento mucho que sea ese el único amor que puedo darte: el amor fraterno. No lo merecías en aquel entonces y no lo mereces ahora. Por ese motivo me limito a contactarte sólo cuando es necesario. Por eso reprimo cualquier impulso eufórico que me lleve a querer contarte mis aventuras del día a día, usualmente lideradas por mi torpeza. Por eso mi única esperanza de reconectar, aunque sea un poco, se nutre de la posibilidad de lograr un frío encuentro casual. Por eso escribo esto, porque sé que no es justo pedirte que seas mi amigo, porque castigarte cuando estás terminando de sanar sería criminal, y jamás me perdonaría calmar mi angustia a costa de tu pena.

Querido “aquel” a quien no correspondí: Lo que puedo concluir es que sí te amo, pero no como te gustaría. Quizás no quiero besarte, pero cómo me encantaría abrazarte. Quizás no deseo proyectar, pero sí vivir el momento. Quizás no me place hacer el amor, pero definitivamente me apasionaría charlar. Quizás no tengo ganas de ser tu amor, sino tu compañera. A veces no sé si con cada acercamiento te lastimo, por eso evito hacerlo y espero con ansias fechas especiales, eventos o, en este caso, tragedias para poder, aunque sea, leer tu corto agradecimiento. Perdón si eso te hiere. Perdón por no poder estar secando tus lágrimas en vez de estar escribiendo esta suerte de epístola que jamás vas a leer.

 

Querido no correspondido: te quiero.  

Un Síndrome llamado Pasado

 No es buen síntoma.

Ver una hoja en blanco y apreciar las posibilidades.

Declararme otra vez.

Sentir este vacío y la duda en todo su esplendor.

No es buen síntoma.

Que vuelva a abrazarme este pasado.

Que me cante en el oído y me bese de a poquito.

Que me agarre la mano y luego me suelte.

No es buen síntoma.

Buscar en donde no debo.

Fingir que no me importa y alucinar sin remedio.

Rememorar e intentar complacer.

No es buen síntoma.

No es buen síntoma.

No es buen síntoma.

Vuelve a doler.

¿Por qué vuelve a doler?

¿Por qué si el veneno se había ido?

¿Por qué si su risa ya no retumbaba en mis oídos?

¿Por qué si ya había comprendido lo absurdo de la situación?

¿Por qué?

¿Por qué estos síntomas?

¿Y a qué costo?

 

Un simple hola


Me inspiro de aquellos autores letrados y eruditos; usualmente con envidia repito sus palabras pensando en decírtelas, hasta que recuerdo que tomaste tus cosas y te marchaste.

Notas y escritos que dibujan tu rostro en mis cuadernos más viejos; aquellos que saben en detalle lo que me hacés sentir.

Palpitan mi cuerpo, mi alma y mi esencia. Cargo esta nostalgia como un perfume que se siente a kilómetros de distancia, pero que sólo es percibido por aquellos que tuvieron la suerte de secar las lágrimas que he derramado por tu culpa. Ese llanto dorado que le ruega a un supuesto Dios volver a tener el placer de, aunque sea, presenciarte de lejos. Mi musa, mi musa más oscura.

Todas las mañanas me levanto arrepentida y culposa de no despertar a tu lado, y antes de cederle mi vista al inconsciente, les pido a mis demonios más malditos que me dejen tranquila sólo ocho míseras horas para así poder soñar con vos, con tus manos cálidas que algún día supieron tocarme de más; indebidamente.

Ese rostro, ese que conoce de memoria los requisitos para provocarme taquicardia, ese que escondés debajo de una moneda con miedo de que se descubra que algún tiempo atrás, una cámara tuvo la inusual desdicha de escrachar tus facciones… Aunque a veces pienso que hasta tus defectos más embarazosos son capaces de hacerme volar a mil mundos diferentes en solo un pestañeo.

Idealizar esa saliva tuya que varios meses atrás me sedujo e intentó advertirme de que sufriría, de que el amor a veces odia, y de que la pasión tiene garras y filosos dientes.

Ojalá fuera un delito desearte tanto, así al menos padecería un merecido castigo por lastimarme de esta manera; aunque si el terrorismo tus rasgos persiguiera, orgullosa exhibiría tu estatua en una vidriera para estallar en mil pedazos y que mis cenizas sean el vestigio más digno de esta mártir que pereció en tu nombre.

Mis heridas aún tienen sangre, pero pienso: qué lindo que es sangrar a causa de una navaja forjada por el recuerdo de tus besos.

Si algún día llego a encontrar a ese otro sujeto que te quite de mi cabeza, sin remordimiento lo apartaría, porque no hay recuerdo más excitante que el tuyo caminando hacia mí con ansias de sentirme y de hacerme ver todos los cielos del universo con un simple “hola”.

Golondrinas


Domingo por la tarde.

Una amiga toca a tu puerta

cual cartero con un mensaje:

la dejaron.

Ojos llorosos y vidriosos,

perfectos espejos del alma.

Se sientan cómodamente en un sillón.

Llueve.

Las gotas como melodía que acompaña a la agonía

en una canción eterna,

de esas que no se bailan.

Una velada apagada.

Tu lengua se convierte en una pluma

que escribe un libro de autoayuda.

Consejo tras consejo.

Monólogo, plática sin fin.

Domingo siguiente:

 te dejaron.

Observás la taza de café medio llena

como si tuviera las respuestas,

como si su reflejo se te apareciera.

El libro de autoayuda ha volado,

siguió a las golondrinas en su camino.

Ahora todo es monótono,

y a la vez impredecible.

Tu amiga regresa y se exorciza.

Pareciera que se hubiera cenado

el más famoso ejemplar de Freud.

Pero nada logra que los trozos de tu corazón partido

converjan,

Porque es fácil hablar mirándote en lágrimas ajenas;

porque es fácil repetir el “seguí adelante”

suspirando de orgullo;

y así

en tu más profundo insomnio

descubrís que las sugerencias trilladas que diste,

no te consuelan

y que la mejor forma de perderse

es que te suceda.    

Como despertar a tu lado


Me levanto cada mañana al lado

de un extraño conocido.

Le gusta dormir presionando mi pecho,

fuerte.

Desea llegar a tocar mis sentimientos,

a personificar mis latidos.

Hace que mi cuarto se vea familiar,

pero distinto;

ya no es como cuando era,

y no es, porque ya pasó.

Le gusta contarme anécdotas viejas

que se complementan con

el aroma a café recién preparado.

Un día me pregunta:

¿Te acuerdas de él?

Yo respondí sí.

¿Recuerdas cómo te miraba?

Le respondí que sí.

¿Recuerdas cómo te besaba cerca de los andenes?

Le contesté asintiendo con la cabeza,

y cuando me senté en la cama,

con perspicacia me dijo:

Recuerda que ya no está.

Todos los amaneceres,

todos y cada uno de ellos

la misma secuencia,

la misma anécdota,

las mismas preguntas.

Es algo abrumador dormir y despertarse junto a ella,

la nostalgia.

Es paradójico:

bello, y a la vez triste.

Es un alivio,

porque me ha mostrado la grieta

que dejó en mi tu partida;

grieta que tiene rosas en las paredes,

rosas que nosotros hicimos crecer.

Juntos.

Qué pilla que es la nostalgia,

y a la vez,

Qué hermoso que se me hace

ver tu rostro plasmado en el suyo

en cada despertar.

La Dona Romeo


Platón nos ha metido en una caverna;
nos encerró en la mediocridad de la doxa.
Nadie creía, nadie se dejaba cegar.
Lo inteligible los ha alcanzado,
ojos calcinados.
El retorno es el retorno,
porque el hombre es con otros hombres.
Te conocí vagando cerca de una serpiente.
Sonreíste, sonreí.
Una cosa llevó a la otra…
Quién diría que el reptil, cascabel,
nos llevaría a comer la manzana del árbol.
Sin cuestionarlo la mordí,
heme aquí intoxicada.
Me dejaste agonizando,
ahora no vuelves.
Frecuento aquel prado urbano,
allí tu saliva intentó advertirme sobre lo dañino del veneno,
No la escuché, la idealicé.
Verde verías tu partida,
Yo la vi en blanco y negro.
Adéu, adéu.
Violento es el destino violentísimo.
Vi esa luz y me he quedado ciega;
aquel resplandor que lleva tu nombre tatuado en su esencia.
He muerto, no me dejas ir.
Quiero volver para ser con otros,
no soy porque no veo piel que no sea la tuya.
Déjame ir al baile;
quiero dejar de contemplar a Rosalinda,
para así poder besar a Julieta.
El día en que tu sonrisa calle a otro aliento,
retornaré resignada a ver las sombras;
mientras tanto, cautívame, pero libérame…
He aquí la paradoja de mi alma trovadora.