Platón nos
ha metido en una caverna;
nos encerró
en la mediocridad de la doxa.
Nadie creía,
nadie se dejaba cegar.
Lo
inteligible los ha alcanzado,
ojos
calcinados.
El retorno
es el retorno,
porque el
hombre es con otros hombres.
Te conocí
vagando cerca de una serpiente.
Sonreíste,
sonreí.
Una cosa
llevó a la otra…
Quién diría
que el reptil, cascabel,
nos llevaría
a comer la manzana del árbol.
Sin
cuestionarlo la mordí,
heme aquí
intoxicada.
Me dejaste
agonizando,
ahora no
vuelves.
Frecuento
aquel prado urbano,
allí tu
saliva intentó advertirme sobre lo dañino del veneno,
No la
escuché, la idealicé.
Verde verías
tu partida,
Yo la vi en
blanco y negro.
Adéu, adéu.
Violento es
el destino violentísimo.
Vi esa luz y
me he quedado ciega;
aquel
resplandor que lleva tu nombre tatuado en su esencia.
He muerto,
no me dejas ir.
Quiero
volver para ser con otros,
no soy
porque no veo piel que no sea la tuya.
Déjame ir al
baile;
quiero dejar
de contemplar a Rosalinda,
para así
poder besar a Julieta.
El día en
que tu sonrisa calle a otro aliento,
retornaré resignada
a ver las sombras;
mientras
tanto, cautívame, pero libérame…
He aquí la
paradoja de mi alma trovadora.
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