Golondrinas


Domingo por la tarde.

Una amiga toca a tu puerta

cual cartero con un mensaje:

la dejaron.

Ojos llorosos y vidriosos,

perfectos espejos del alma.

Se sientan cómodamente en un sillón.

Llueve.

Las gotas como melodía que acompaña a la agonía

en una canción eterna,

de esas que no se bailan.

Una velada apagada.

Tu lengua se convierte en una pluma

que escribe un libro de autoayuda.

Consejo tras consejo.

Monólogo, plática sin fin.

Domingo siguiente:

 te dejaron.

Observás la taza de café medio llena

como si tuviera las respuestas,

como si su reflejo se te apareciera.

El libro de autoayuda ha volado,

siguió a las golondrinas en su camino.

Ahora todo es monótono,

y a la vez impredecible.

Tu amiga regresa y se exorciza.

Pareciera que se hubiera cenado

el más famoso ejemplar de Freud.

Pero nada logra que los trozos de tu corazón partido

converjan,

Porque es fácil hablar mirándote en lágrimas ajenas;

porque es fácil repetir el “seguí adelante”

suspirando de orgullo;

y así

en tu más profundo insomnio

descubrís que las sugerencias trilladas que diste,

no te consuelan

y que la mejor forma de perderse

es que te suceda.    

Como despertar a tu lado


Me levanto cada mañana al lado

de un extraño conocido.

Le gusta dormir presionando mi pecho,

fuerte.

Desea llegar a tocar mis sentimientos,

a personificar mis latidos.

Hace que mi cuarto se vea familiar,

pero distinto;

ya no es como cuando era,

y no es, porque ya pasó.

Le gusta contarme anécdotas viejas

que se complementan con

el aroma a café recién preparado.

Un día me pregunta:

¿Te acuerdas de él?

Yo respondí sí.

¿Recuerdas cómo te miraba?

Le respondí que sí.

¿Recuerdas cómo te besaba cerca de los andenes?

Le contesté asintiendo con la cabeza,

y cuando me senté en la cama,

con perspicacia me dijo:

Recuerda que ya no está.

Todos los amaneceres,

todos y cada uno de ellos

la misma secuencia,

la misma anécdota,

las mismas preguntas.

Es algo abrumador dormir y despertarse junto a ella,

la nostalgia.

Es paradójico:

bello, y a la vez triste.

Es un alivio,

porque me ha mostrado la grieta

que dejó en mi tu partida;

grieta que tiene rosas en las paredes,

rosas que nosotros hicimos crecer.

Juntos.

Qué pilla que es la nostalgia,

y a la vez,

Qué hermoso que se me hace

ver tu rostro plasmado en el suyo

en cada despertar.

La Dona Romeo


Platón nos ha metido en una caverna;
nos encerró en la mediocridad de la doxa.
Nadie creía, nadie se dejaba cegar.
Lo inteligible los ha alcanzado,
ojos calcinados.
El retorno es el retorno,
porque el hombre es con otros hombres.
Te conocí vagando cerca de una serpiente.
Sonreíste, sonreí.
Una cosa llevó a la otra…
Quién diría que el reptil, cascabel,
nos llevaría a comer la manzana del árbol.
Sin cuestionarlo la mordí,
heme aquí intoxicada.
Me dejaste agonizando,
ahora no vuelves.
Frecuento aquel prado urbano,
allí tu saliva intentó advertirme sobre lo dañino del veneno,
No la escuché, la idealicé.
Verde verías tu partida,
Yo la vi en blanco y negro.
Adéu, adéu.
Violento es el destino violentísimo.
Vi esa luz y me he quedado ciega;
aquel resplandor que lleva tu nombre tatuado en su esencia.
He muerto, no me dejas ir.
Quiero volver para ser con otros,
no soy porque no veo piel que no sea la tuya.
Déjame ir al baile;
quiero dejar de contemplar a Rosalinda,
para así poder besar a Julieta.
El día en que tu sonrisa calle a otro aliento,
retornaré resignada a ver las sombras;
mientras tanto, cautívame, pero libérame…
He aquí la paradoja de mi alma trovadora.